sábado, 3 de marzo de 2007

Las cosas cambian


Me refiero a los efectos secundarios provocados en nuestra vida por la llegada de un hijo, de dos hijos, de tres hijos... cambios de ritmo, de lo que se hace y de lo que se deja de hacer, del cómo se hace y del cuando se pueden hacer algunas o muchas actividades.
Es verdad, como siempre, que mucho depende de como son nuestros niños y de como somos nosotros.
Pero sigue extrañándome cuando leo, de vez en cuando, alguien convencido que los cambios no serán para tanto.
Uno me aclara: no serán para tanto en el sentido que sabremos adaptarnos a ellos y seremos capaces de equilibrar lo que se gana en felicidad, preocupaciones, alegrías y renuncias, novedades y alboroto, y lo que se pierde en cuanto a la facilidad de decidir, moverse, horarios etc.
Vale, vale si a la capacidad de adaptación a los cambios nos referimos, pues quizás sí que los cambios no serán para tanto. Pero es un poco forzar el sentido de las palabras.

Los cambios los habrá y serán aparatosos.

No tener muy en cuenta esta flagrante verdad, antes de dar el paso necesarios para tener hijos, es abocarse, como mínimo, a la necesidad de muchos reajustes que, por obligados y no previstos, serán más difíciles de digerir.
Así que un consejo muy sencillo: prepararos a descubrir que todas las buenas ideas sobre la capacidad de seguir dirigiendo vuestra vida y ordenándola (o desordenandola) según planes y planteamientos ideales, se irán al garete.

Los niños serán unos imanes tan potentes que o seremos capaces de adaptarnos a su fuerza magnética o acabarán destrozando el mecanismo de precisión que por ilusos hemos metido al alcance de sus manos
;-)) sonrisa


Mientras escribo estas líneas. La pequeña está mirando Mary Poppins en el ordenador de a lado.
La tele como canguro barato, es su primer función.
Políticamente incorrecto, pero es así, lo sabemos todos los que tenemos hijos pequeños.
Pero con Blanca este canguro funciona fatal.

La niña no para de explicarme que pasa en la pantalla, además como todavía no se entiende una palabra de lo que dice, a pesar de sus tres años, y yo la miro con cara aturdida por el esfuerzo de interpretación, repite una y otra vez "papapapapapapa" que es un modo como otro para intentar que me fije en sus profundas argumentaciones.
En mi cara está estampada la espressión de "no entiendo nada hija mía" ella insiste, me tira por la camisa, repite una y otra vez esos bonitos sonidos... pero de nada sirve: "hija mía no te entiendo..." y sigue el papapapapapapapapa, al final uno se pone hasta nervioso.

Ha visto, creo, 923 veces Mary Poppins, se la sabe de memoria y le da igual mirar o no la pantalla. Papapapapapapapapapapa.... y sigue explicando!!

Esto antes no pasaba.

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