lunes, 18 de junio de 2007

El privilegio de ser padres

Suelo repetir, a todos los que me caen a tiro, que soy una persona feliz y afortunada.
La felicidad no es una estado constante de la existencia.
La felicidad son picos de energía positiva, algo que podría compararse a una sesión de caricias o a un orgasmo. Seguidos de muchos más momentos de normalidad absoluta y, a menudo, hasta de retortijones.
Lo siento, estoy utilizando una terminología poco habitual, pero a veces la única forma de hacerse entender es justamente olvidarse de un lenguaje políticamente correcto.

Sin ir más lejos.
Esta tarde había sesión en la escuela: entrega de las notas de P. y charla de final de curso con la tutora de V.
He salido de allí con una sonrisa tonta que no se me quitará, ni ganas tengo de quitármela, en muchos días.
A la salida del cole caían gotas grandes cómo cerezas y el suelo olía a recuerdos.
Mi niñez, mi maestra de cuando tenía 9 y 10 años.
La plaza frente a la escuela y la cara de una niña y de un gran amor infantil.

Los sentimientos y las emociones tejen telas de miles de colores en las que las personas felices nos quedamos felizmente enredados.

La felicidad es un estado de ánimo consecuente a lo que es uno mismo y de su capacidad de rebajar la importancia de lo necio y de ensalzar lo que realmente cuenta, lo que realmente merece la pena.

No hay espectáculo más dulce que mis niñas que juegan.
Se pelean, se enfadan, pero nos buscan, a los papás pidiéndonos que nos dejemos querer.

Volvemos a casa, María ha pensado en la cena: pongo la sartén en el fuego y preparo hamburguesas, una ensalada de tomate y apio, melocotones y sandía.

V. dibuja, P. pone música, las canciones que cantaron en el curso escolar, B. baila y canta.
Las miro, y canto con ellas.
P. coge el clarinete y ensaya
Ya es la hora de irse a la cama.
Ducha reparadora a las tres.

V. reclama el masaje mágico, el masaje que aleja las pesadillas, que relaja y en el que confía, cómo en una magia.
Hay que creer un poco en la magia, si así no hiciéramos este mundo sería mucho menos bonito.
Los niños creen en espíritus, bueno y malos y tienen miedo que en la habitación se cuele uno malo.

Hace calor, es lo único que estropea un poco esta noche de verano, ya es verano, claro.
V. se levanta de la cama y me da un abrazo.

Qué privilegio ser papá de mis hijas.

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