domingo, 26 de agosto de 2007

Hogar dulce hogar

Las vacaciones son preciosas, y la vuelta a casa también.
A pesar de que el trabajo asoma, en el horizonte a menos de un día, con toda su invasora presencia.

En realidad hay trabajos que nunca te dejan alejar demasiado, físicamente a lo mejor sí, pero poco más que eso.

Bueno, ya he filosofado bastante ayer, cómo para seguir en la misma tónica.
Además para reflexiones acabo de pasear por En busca de un sueño... el blog de Manu y Xelo y os aconsejo de no perder la entrada del 27 de julio: As de Corazones, es decir el corto que enlazan de Silvia González Laà: simplemente precioso!

Llegar, deshacer maletas, salir un ratito con las peques, compra y lucha para que accedan a meterse en la cama.
Con el comienzo del cole las cosas, y los horarios, se ajustarán solitos. Sin grandes tragedias.

V. empieza primaria y B. empieza P3 en la misma escuela de las hermanas.

Nunca olvidaré el primer día de primaria de P.
Quizás lo haya comentado ya en este mismo blog, no recuerdo, da igual, si así fuera lo repito.

Estábamos todos: papás y niños en el patio de la escuela. Los maestros acaban de leer en voz alta los nombres de los alumnos que formarían las nuevas clases.
La mayoría de los niños ya se conocían desde hace un par de años, por que habían pasado la guardería juntos.
Era un grupo muy bonito, los niños se querían mucho, las maestras geniales, en fin, bien.

Eso no quitaba emoción al asunto.
Los niños se miraban después de vacaciones, cambiados, con unos centímetros añadidos, pero sobre todo con millones de nuevas neuronas conectadas.

Se respiraban y bailaban en el aire las partículas de las grandes ocasiones, empezaba una nueva etapa de su vida y la mayoría se daba perfectamente cuenta de todo, bueno, de casi todo.
Mi querida P. entre ellos.

Me acerqué a darle un abrazo, era uno de aquellos momentos en los que el amor hacia tus hijos es como un enorme peso que te envuelve, pero que en lugar de aplastarte, te hace levitar y sentirte cómo de vapor, contradiciendo cualquier ley física, la de gravedad por supuesto.

Levitaba.

Ni hija me miró, apretó el abrazo y me dijo en voz baja, cómo un secreto, con los ojos húmedos y asustados: Papá, yo no quiero ser mayor...

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