jueves, 11 de junio de 2009

No sólo pubertad precoz

Hoy varios medios de comunicación se hacen eco de las conclusiones de un estudio sobre la edad en las que las niñas entran en la pubertad.
Por citar uno, el de La Vanguardia:
"La pubertad de las niñas se adelanta

La edad de inicio de la adolescencia se ha reducido un año en una década y media | Ya suele producirse antes de los diez años, según el estudio más amplio hecho en Europa | Contaminantes químicos imitan los efectos de los estrógenos en el organismo

"No nos ha sorprendido que la edad haya bajado [a 9,86 años de media], sino que haya bajado tanto en tan poco tiempo", ha declarado por correo electrónico Lise Aksglaede, investigadora del hospital universitario de Copenhague (Dinamarca)"

Los que tenemos hijas de esa edad, aunque no hayan tenido todavía la primera regla, sabemos que además de un cambio físico, lo que se percibe es un adelanto en las actitudes y comportamientos que nos hacen hablar de pre-adolescencia, y no a los 10, a veces algunos años antes.

Es evidente que cada niña es un mundo, y que cuando se generaliza habrá muchos que coincidirán con el juicio, y muchos otros podrán decir que no, su hija todavía no.

Quizás añadan "por suerte, todavía no" :-) razón no le falta.

Es cierto que se trata de una edad complicada, y puede ser muy complicada.
Pero al mismo tiempo habría que esforzarse a ver no sólo el lado "negativo".
Admito que no es nada sencillo, lo sé, lo repito.

Admito también que caigo más o menos a menudo en los errores que desaconsejo.
Pero admitiendo mi debilidad, al mismo tiempo no renuncio a pelear por cambiar. Conmigo antes que con nadie.
Si no buscamos la forma de hacerlo de otro modo, cuando nos damos cuenta que está mal, lo que sigue será peor.

Quizás repitiéndonos aquello una y otra vez, lo consigamos en algún momento. Y ese momento, por cuanto pasajero y rodeado de enemigos, será un poco de luz y nos ayudará a ver las cosas más claras.

La herida es más profunda cuando además de cometer un error, no somos capaces de admitirlo y acto seguido de luchar para no repetirlo.
A veces con cambiar de rumbo a tiempo, ese error hasta se puede subsanar.
La relación con nuestros hijos no se basa en momentos definitivos, mas en una secuela de actos y aproximaciones hacia una meta que no llega nunca.
Y la mayor fortuna que podremos tener, los padres, es que llegue lo más tarde posible.

En una lucha constante, nos debatimos entre la obviedad, la pereza, el orgullo, la ignorancia versus el amor y el sentido común.
Tanto negativo y poquito positivo, pero muy, que muy potente el "poquito" ese.

Somos todos muy capacitados para meternos de lleno, y ahogarnos, en la dinámica de "todo es terrible", que nos aplasta y oscurece las lucecitas que existen siempre, los hilos de aire fresco que rompen la canícula, y que se encuentran más o menos a menudo, pero en cualquier situación.

Nadie está exento de sentirse en algún momento superado por las reacciones de sus hijos.
Cuando te diriges a tu querida "pequeña" con una frase cariñosa, con una pregunta sobre qué tal ha ido el día... y la respuesta que obtienes es la indiferencia o un gruñido, y cuando has llegado al punto de considerar que un gruñido es algo del que alegrarte, si lo comparas con otras situaciones... pues ya estamos bien situados para entendernos.

No estoy hablando de mi hija, eh!! Por supuesto me refiero a la hija de unos amigos que vemos de vez en cuando... :-))
Aclarado esto, sigo.

Recuerdo muy bien la intervención de un psicólogo francés, Pierre Lévy-Soussan, en un Congreso sobre adopción internacional (2003) que ya cité en una entrada de este blog, del 2007: ajetreo y aguante. (y del que podéis leer una interesante intervención publicada en el n. 7 de la Revista Nihao AFAC).

El señor Pierre Lévy-Soussan decía mas o menos que llega un momento en el que para ser padres decentes hay que, simplemente, resistir: buenos padres llegadas ciertas épocas de la vida de nuestros hijos y de las relaciones familiares, es francamente imposible serlo.

Para ser padres decentes, cuando nuestros hijos llegan a esa etapa en lo que todo su afán es hacerse detestar, demostrarse odiosos, cuando se emplean a fondo para certificar, con nuestras inevitables e irreprimibles reacciones, que somos una mierda de padres, y ellos, por supuesto, peores hijos y que de ese círculo vicioso no se sale y no se puede salir; para ser padres decentes, decía, lo único que hay que hacer es aguantar. Aguantar, aguantar y aguantar.

El refugio para la lluvia ácida que nos cala hasta los huesos, es la capacidad de aguante y resistencia. Nadie nos librará de una gripe, más de una seguramente, pero si somos capaces de ver que es una gripe y no una neumonía mortal, mucho, mucho mejor.
Sobreviviremos.

Pero ¿y por qué tenemos que aguantar?

Aquí podría abrirse un largo inciso explicativo, cargado de palabras y de buenas razones, y de hecho lo escribí en la primera versión de esta entrada, pero he borrado todo y dejo sólo una frase:

Porque son nuestros hijos.

* * *

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