miércoles, 24 de abril de 2013

educar es un trabajo duro

Educar es un duro trabajo.
Queremos tanto a nuestros hijos, que cada bronca por merecida que sea es, al mismo tiempo, un castigo, una herida para nosotros.
No queremos equivocarnos.
Hace en el fondo pocos años, aunque parezcan miles, los padres no estaban tan atentos a sus gestos y acciones. La educación era física. Los niños crecían,  lejos de atenciones especiales y estudios pedagógicos. Se hacían todo tipo de marranadas.
 ¿Será por esto que el mundo ha sido y es así?
Como todo lo que hace el hombre, parte de ello es bueno y parte es malo. O malísimo. Muchas veces ambas cosas al mismo tiempo. Allí reside parte de la dificultad.

Han perdido el respeto... dicen algunos.
Nos hemos transformados en unos padres blandos.
Hay de todo. La verdad que hay de todo y más.
El ser humano necesita de normas y generalizaciones, frente a las infinitas variables y contradicciones tambalea, por eso buscamos alguien que nos diga lo que es mejor hacer. Una comodità irreal.
Nadie lo sabe, por que cada caso es diferente.

Educar es un duro trabajo, por que necesitas de un enorme esfuerzo de atención, humildad, reflexión, firmeza y cariño para acercarte a lo menos peor.
Y estamos a menudo tan cansados...
Y no tenemos instrumentos, y vamos arrastrados por un mundo que viaja a la velocidad de la luz, que nos supera antes de haber enfocado esa imagen que... que ya ha pasado... ¿cual era?
En fin, que para ser más directos: el riesgo de cagarla es siempre grande.
Y de hecho la cagamos a menudo.
Si tenemos un mínimo de sensibilidad, sufrimos enormemente por eso.
Al mismo tiempo no sirve agobiarse por un error. Casi todo se puede corregir. Lo que importa es darse cuenta.
Por que lo cierto es que hace más el ejemplo, que mil discursos vacíos de reflejo en la práctica diaria.






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