martes, 10 de julio de 2007

cómo en la bella durmiente


El cuento de la Bella durmiente...

por mucho tiempo P. no quería ni se pronunciara el título, con la aprobación de V. que pasó mucho miedo escuchándolo la primera vez.

En la historia hay algo que me encantaría tener el poder de ordenar, si bien con finalidad opuesta a la de la bruja mala: mandar al tiempo parar.

Creo que no he probado nunca ese deseo en los momentos de los aplausos, del reconocimiento público.
Sí, más de una vez, en otras situaciones.

En algún momento del día a día con mis hijas: observando una expresión de su rostro, una palabra pronunciada cómo una canción, un gesto de afecto hacia sus padres.

En el amor compartido, oficial y sentenciado, con mi pareja, por una sonrisa, un gesto de cariño, una frase de ánimo en el fluir de un vínculo que no se rompe.

En la soledad, frente al espectáculo armonioso e inmenso de la naturaleza. Por el color de la luz, del aire fresco y perfumado de hojas, de rocas y tierra, de las flores. Cuando nada interfiere en esa visión privada de la pequeñez del ser humano.

Aquellos instantes perfectos, que son instantes y lo son, perfectos, también por su condición de brevedad.

Tengo a mano unos cuantos, cómo antídoto a ese otro diario y desenfrenado desgaste de lo mejor que tenemos, que se evapora y quema por culpa y causa de lo que los seres humanos podemos, desgraciadamente, llegar a ser.

Es necesario, también para llegar a ser buenos padres, un poco de todos esos elementos.

Las buenas personas que he tenido la suerte de conocer tenían, más que grandes cantidades de uno de los tres tesoros, un armonioso equilibrio entre la capacidad de amar y hacerse ingenuamente sorprender por los seres queridos, eran paciente y comprensivos hacia las debilidades de los demás, ya que nunca olvidaban las propias, y eran capaces de disfrutar en los momentos de soledad, participando de todo lo que les rodeaba.

Los padres, sobretodo de las familias adoptantes, podemos llegar a cometer un error de olvido.

Centramos nuestras sanas preocupaciones en la búsqueda de información, en conocer el camino que han recorrido otros para hacer tesoro de su experiencia, leemos estudios, focalizamos nuestra actuación en lo que es bueno hacer para el desarrollo sereno y sólido de nuestros hijos.
Bien, por supuesto y necesarísimo.

Pero ¿cuanta energía dedicamos al mismo tiempo a ser un ejemplo positivo cómo personas, cómo individuos y, consecuentemente, merecedores para nuestros hijos de ese sentimiento que junta cariño, respeto con unas pizcas de admiración?
No soy capaz de encontrar una palabra que lo defina, pero es cierto que probar eso en la infancia hacia tus padres representa mucho en cuanto a adquisición de seguridad por parte de nuestros hijos.

Todo esto no es ni fácil, ni gratis.
Requiere de dosis abundantes de sentido común, de humildad y sinceridad con nosotros mismos.

Quizás no podamos borrar del todo la impronta de nuestro carácter, pero siempre hay espacio para dar un pasito más en el camino hacia ser mejores personas.

Y cuando descubres una mirada, una frase que te lo reconoce, eso es otro momento en los que TAC! mandarías todos a la cama al estilo de la bella durmiente.

Contando, claro, con que el parón sea breve ;-) o muy breve :-))

(texto revisado)

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