miércoles, 19 de abril de 2017

sigue la serie adolescentes...

Todo lo que nos pasa con nuestros hijos, ya le ha pasado a otras familias. Y les está pasando. En el momento en el que escribo habrá otras cientos de miles de familias (no es una exageración) que viven experiencias parecidas. Algunos padres, con la mirada perdida en un punto indefinido... se hacen preguntas. A veces saben contestarse, otras no.
Quien peor lo pasa es aquél que mira el momento más cercano, y se olvida de que todo pasa.
El que tiene ambiciones de control absoluto de la situación. Ambiciones que son irreales, mal medidas, poco o nada prácticas.
En la adolescencia los padres somos, para nuestros hijos, cómo mínimo un estorbo pero, a veces, simplemente el enemigo número uno a derrotar.
Con nuestras función educativa, con nuestras normas, nuestras broncas o (casi peor) nuestra aspiración a que escuchen y asimilen la retaílha de consejos de padres, no nos soportan.
A pesar de todo, hay que seguir en nuestra función. Midiendo las fuerzas, parando a tiempo, explicando y en el momento que toca siendo firmes sin más discusiones.
Nacerán peleas, broncas, intento de engaño. Siempre.
Buscarán la vía de fuga, como un preso de la cárcel.
Pero también acabarán escuchando, registrando, aunque guardando en el lugar más lejano del celebro nuestros buenos consejos, los guardarán.
Triturarán todo lo que van aprendiendo y sacarán el ser que al final será adulto.
La parte que nos toca en este producto final ha provocado miles de páginas de estudios de todo tipo.
Nadie se pone totalmente de acuerdo sobre si, en esta fase de su existencia, contamos poco, mucho o nada.
Si todo o casi todo depende del entorno y de sus amistades, del grupo, de la manada, de los amigos de Instagram, del ejemplo de las popu y de los blogs, de los influencers o influyentes, de las series de Netflix.
Pasará tiempo, mucho más generalmente de lo que nuestra paciencia está dispuesta a aguantar, para vislumbrar alguna señal de la eficacia de lo que dijimos y, sobre todo, del ejemplo ofrecido con nuestros actos. El dichoso ejemplo, todos estamos de acuerdo que es lo más eficaz, pero a la hora de la verdad la mayoría no somos capaces de ser consecuentes con esa certeza.
En el fondo todos desearíamos que al aconsejar A, nuestros hijos eso hicieran. Pero si empezamos teniendo claro que lo más probable es que hagan B, justamente por que les hemos dicho A, tendríamos una mejor actitud. Lo reiterado dejaría de sorprendernos. No hay nada peor, en los momentos complicados de la existencia, que sorprendernos por lo que es normal y obvio.
Estamos empezando mal.
Y es fácil que sigamos peor.
En una guerra que nosotros no hubiésemos querido empezar, lo lógico es que acabemos agotados si empezamos mil batallas y batallitas (y además aspiramos a ganarlas todas).
El otro día, hablando con una profe de mi hija, aquella me decía que el mejor consejo que podía darle, enfrentándose a un examen en lo que estaba claro que algunos ejercicios no sabría resolverlos, era que se concentrara en lo que sabía y terminar lo que podía, pero acabar algo, en lugar de ir picando a diestro y siniestro y al acabar el tiempo, no tener nada terminado.
En el fondo esto podríamos aplicárnoslo, en el examen global, a los ejercicios obligatorios para ser declarados buenos padres.
Conseguir que se centre en lo que está estudiando, y pasar por alto, algunos días, que el suelo de su habitación esté más lleno de ropa que el armario. Es sólo un ejemplo. Habría mil más.
¡Suerte!






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