martes, 27 de febrero de 2007

Hablar sin mediar palabra

Los adultos hemos perdido, casi todos, en mayor o menor medida, esa capacidad que los niños tienen muy viva, de entender el más sencillo, profundo y sincero sentido de lo que su interlocutor piensa: observando las miradas, el tono de la voz, el hablar de los silencios, de las frases dichas a medias.
En los adultos el lenguaje verbal es lo que prevalece: hemos aprendido a engañar con las palabras y nos dejamos engañar más fácilmente.

Las necesidades de la socialización nos han obligado a no ser demasiado duros, ni directos, o sea a ser menos sinceros de lo que nos gustaría.
En sí no es nada malo evitar de ir por el mundo con una lupa apuntando a los defectos y los problemas de tu vecino, aunque toda moneda tiene su doble cara.
Para ser adultos responsables ya no nos liamo a gritos por una pelota... ¿o sí?, pero tampoco tenemos la misma facilidad de los niño para hacer las paces un segundo después, sin rencor, con los demás y con uno mismo...

Nuestros pequeños nos hacen preguntas: lo que nos piden no es una clase magistral sobre la adopción y el adoptado, los orígenes y toda la teoría del embarazo de corazón, nos piden dos palabras acompañadas de una mirada, una mirada sincera y clara que les reconforte, que les ayude a sentirse estables, a sentir que las dudas pueden evaporarse con el calor de esas dos palabras llenas de seguridad.
Ojalá además tuvieramos la suerte de recibir siempre preguntas claras. No siempre es así. Casi nunca es así.
Cierto, depende del niño, siempre depende de su caracter, de su forma de ser.
Pero en muchísimos casos si no somos capaces de intuir por donde van los tiros en ciertas situaciones, de medir el peso de algunos detalles, de estar atentos, acabaremos teniendo que subir por el tobogán en lugar de deslizarnos suavemente en bajada.
A nuestros hijos les gusta también el contrario del tobogán, agarrándose al bordillo con las dos manos, y subir a fuerzas de brazos, otra dirección de juego, pero a nosotros no tanto... sobre todo si no hemos sabido guardar esa parte de niño que aunque muy a dentro todos tenemos.

Cuando vuestro hijo adoptado llegue a poner en duda vuestro papel de papás, dependerá de la seguridad que cada uno sepa comunicar con una sola mirada, que esa duda se esfume o se quede como un gas pesado a quitar el oxigeno y por ende la respiración.
Nuestros hijos quieren que nosotros, sus papás, seamos seguros de nuestros sentimientos.
Para discursos habrá tiempo.

FN

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