martes, 1 de febrero de 2011

Paseando por Pekín


No recuerdo el nombre de la calle, pero en el fondo da igual: hay muchas parecidas en esta inmensa ciudad.
Escribo estas líneas esperando el vuelo a Barcelona en el aeropuerto de Estambul. Desde China se llega con Turkish a las 4 de la madrugada, hay tiempo hasta el embarque de las 8.35 para dormitar, para pensar, para mirar a la gente que se mueve con prisas o sin ningún atisbo de aquella, en este aeropuerto que piso por primera vez en mi vida.
Vuelvo con la mente a mi paseo por la capital: capital quizás, dentro de no mucho, de una parte al menos de este mundo cambiante y globalizado en el que vivimos.
En la librería internacional de Wangfujing el día anterior había visto más de un título que anunciaba claramente las expectativas, algunos dirían las intenciones, de este País respecto al papel que después de muchos siglos puede jugar: China capital mundial del siglo XXIEl País a la cabeza del Planeta

Pisé Pekín por primera vez con mi mujer en 1999, el último día del milenio pasado.
Íbamos a buscar a nuestra primera hija… y si también quisiera buscar en ese viaje unas señales del destino, sobre el futuro, o nuestro presente, encontraría no pocas. Cuando ha pasado bastante tiempo, te das cuentas de cuantos hilos atan nuestro pasado y nuestro futuro.
Ya entonces, hace una docena de años, la ciudad sorprendía por el contraste con los tópicos que algunos nos habían contado de China. Sí, se observaba cierta pobreza, las bicicletas inundaban las calles, comías por nada, ciertos precios te dejaban boquiabiertos por la natural comparación con los que manejábamos en España, a pesar de ser la España pre euro. Pero esa fachada era como una cortina que se encogía, y se encoge a cada lavado de esta metrópolis, dejando ver justo detrás una energía renovadora, una pulsión al cambio extraordinariamente fuerte. Estaba por decir mejora, pero los matices necesarios harían demasiado larga esta oración.
Por todos lados andamios, grúas, máquinas, miles de obreros…

30 de enero 2011… no recuerdo el nombre de la calle, pero hay muchas parecidas en esta inmensa ciudad, cientos de rascacielos que emiten en la gélida atmosfera de Pekín, una sensación de poderío, de riqueza, miles de toneladas de acero, hierro y cristales que reflejan el sol enorme y redondo que va apagándose hacia el oeste.
Aquí el día empieza antes. Mientras amanece en Pekín, en Europa ya se duerme. También podrían utilizarse otras palabras: mientras la luz empieza a acariciar las calles de Beijing, Occidente se toma su merecido descanso.
Más bonito, sí.
Qué pena que el hombre sea un animal competidor, que la competición y la lucha por prevalecer muevan las más poderosas energías de la humanidad. Dejando con frecuencia las mejores tiradas en la cuneta.

Todo acaba adquiriendo entonces un sabor agridulce.


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