domingo, 3 de junio de 2007

Etapas dificiles

Los 8 o 9 años representan en la infancia un primer paso serio hacia la etapa más complicada de la adolescencia.
Un primer escalón de prueba de su desarrollo intelectual y de su fuerza interior.
Los niños con esta edad empiezan a darse cuenta de muchas más cosas.
Empiezan a tener ganas de saber hasta donde pueden llegar.
Siguen siendo niños, no hay que olvidarlo, pero ya su visión del mundo, de si mismos y de las relaciones personales se hace más compleja y profunda.
Si con 3 años la primera etapa de autoafirmación se resolvía, en sus momentos de crisis, con las rabietas, a los 8 años las rabietas pierden el diminutivo y, a veces, se hacen verdaderos enfrentamientos con sus padres o con otras figuras de su entorno.

Si la capacidad de visión de un individuo no alcanza el kilómetro y a un kilómetro y medio está su casa quemando, dicho individuo no se dará cuenta que su casa está en llamas y seguirá como si nada grave estuviese pasando.
Con las debidas diferencias, sobre los ochos o nueve años parece que a nuestros hijos les hayan regalado unos prismáticos, ven detalles lejanos antes no percibidos.
Puede que algo de lo que ahora ven no les guste.

Descubrimos asombrados este paso importante en su evolución: en lo bueno y en lo malo, en lo positivo y en lo negativo.
En algún caso la sorpresa es mayúscula: nuestros pequeños nos miran con una expresión ya tan mayor que nosotros mismos nos sorprendemos por el cambio, cómo si fuese repentino.
No lo ha sido.

Una vez más la mejor forma de actuar consiste en pararnos a pensar, mantener la calma, sacar la paciencia de donde sea e ir ajustando el tiro, con firmeza y mucho sentido común.

Para evitar de fallar: nuestra reacción no puede ser blanda o inexistentes, los niños necesitan de nuestra guía para no acabar como agua sin muro de contención, desparramadas en todo los sentidos.
Tampoco tenemos que pasarnos: esta etapa tiene que servirnos para preparar el terreno para huracanes muchos más potentes, no matemos moscas a cañonazos.

En esta fase nuestra autoridad todavía no se pone en entredicho (siempre que haya sido ejercitada anteriormente con eficacia y medida)

Es fundamental equilibrar el castigo, con el cariño y con la vuelta a la normalidad en breve.
De todas formas si un castigo resulta necesario y oportuno, igualmente necesario, ni más , ni menos del castigo, es hablar y explicar el motivo de nuestra reacción frente a sus actuaciones.

Las palabras por si solas pueden o no ser suficientes, lo ideal sería que lo fuesen. Pero el "juego" va subiendo de tono y un no expresado, el otro día, por mi hija mayor con actitud excesivamente desafiante se ha convertido en la negativa a aprobar, en el curso de varios días, ni una sola de las peticiones (referentes principalmente al campo lúdico) realizadas a su papá.

Es casi más difícil mantenerse firmes para los papás, que para los niños aguantar el castigo, pero hay que hacerlo.
Es una de las dificultades del ser buenos padres: cuesta muchísimos más la firmeza, aunque el castigo impartido sea justo y equilibrado, que olvidarse del tema y hacer cómo si nada hubiese pasado.

Cuidado: tened en cuenta que los niños tienen mucha más memoria que nosotros :-)

saludos

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