martes, 28 de abril de 2009

Rabietas

En estos días he recibido varios correos en los que se comentaba el tema de las rabietas, y he recordado que en 2006 publiqué una entrada en este blog con el título citado, copio aquí el texto, con algunos pequeños cambios.

Rabietas


Se pasa mal, sí que se pasa mal.

¿Cuantos padres habéis sufrido uno de esos momentos tan embarazosos y duros en los que vuestro hijo parece poseído por un demoniete malvado que le hace gritar, patalear, a veces hasta lesionarse, tirarse al suelo, no querer saber nada de vosotros y además, qué horror!! En público... Mientras todo el mundo os mira con una cara de condena sin apelación: "maltratador de niños"

¿Cuanto pueden durar las rabietas?

Depende.
Depende, en parte, de nuestra actuación, en parte de la situación en la que se desenlazan los acontecimientos, pero sobre todo depende del carácter del niño.

La mayoría de los profesionales subraya por un lado la normalidad de estas aparatosas manifestaciones de nuestros hijos, sobre todo cuando tienen entre 2 y 3 años, y por el otro la dificultad de encontrar una vía rápida y eficaz para solucionar estos momentos complicados.
Hay que dejar escampar el temporal...
Y cuando llueve a cántaros, uno se moja, no hay paraguas que sirva.

El niño que sufre una rabieta, normalmente, está reivindicando algo.
Algo muy importante: su existencia. Su capacidad de decisión, su autonomía.
Es una fase de crecimiento importante, y hay que respetarla, por mucho que nos pese y a pesar de lo mal que lo podamos pasar.

¿ellos lo están pasando mal?
Seguramente bien no.
Mas para ganar algo, hay que luchar por ello y cualquiera lo ha vivido, sufrido en su vida.
Tan pequeños y mocosos y ya en las barricadas...
Crecer es una labor dura y llena de adversidades y enemigos.
A menudo lo son, sin darse cuenta, justamente los que más nos quieren.
Nos quieren pero se equivocan.

La vía rápida para evitar el berrinche es la de acceder a sus peticiones, prevenir la rabieta concediéndole lo que exige, ¿fácil? ¿oportuno? sólo aparentemente, ya que a veces se trata de peticiones que no se pueden y/o es mucho mejor no conceder.
Educar no es fácil. Ser padres no es fácil. Ser buenos padres ni hablemos.

Todo depende: ¿merece la pena armarla tan gorda por decir que NO! a según qué cosas?
A veces sus peticiones no son nada del otro mundo y puede llegar a tratarse de algo del todo comprensible.
Por nuestro cansancio, la consecuente poca paciencia, la idea de que hay que poner límites (correcta siempre que los límites sean razonables) nos dejamos llevar por la fácil reacción de atrincherarnos detrás de una dureza inoportuna.
Entonces dejemos estos casos, y a la segunda vez que nos pasa seremos capaces de entender que no merece la pena una batalla campal por un zapato verde en lugar de uno rojo, de una galleta en lugar de una manzana... etc.

Otras veces sí que es necesario sufrir.
Por ejemplo: el niño quiere cruzar la calle olvidándose de que en la calle hay objetos movientes y de consistencia dura que se llaman coches.
El niño quiere quedarse en el parque a pesar de que empieza a llover, etc.
Quiere utilizar un aparato que no está hecho para niños.
Pretende comer algo que le hace daño.
Hacer un juego peligroso, quedarse en un lugar cuando ya es hora de irse.
Etc. etc. etc.

En según qué situación, una forma a menudo eficaz de evitar la rabieta es concederle algo distinto a lo que pide, es decir distraer su atención, moviendo el foco desde el objeto imposible a otro más accesible: no te dejo cruzar la calle con el semáforo en rojo, pero te doy mi reloj, el teléfono móvil u otra cosa que por ser normalmente poco accesible le interesa.
No muy políticamente correcto, pero a veces funciona. A veces.

Más frecuentemente la rabieta explota, en el sentido literal, y no hay forma de pararla.
A veces no hay más opciones que dejar que se desarrolle la actuación magistral de nuestros hijos.
Es duro.
Si nos encontramos en la calle se añade la dificultad de las miradas e/o intervenciones de los inevitables curiosos y transeúntes. Hay muchos expertos frustrados por el mundo.

Puede que alguien piense que estamos haciendo daño al niño. Depende de las expresiones y gritos pueden llegar a deciros cosas realmente embarazosas.

La mayoría de los expertos consideran que hay que dejar escampar el temporal, sin demasiadas o ninguna intervención por nuestra parte, la de los papás. Sin casi contacto físico.

Otros hablan al contrario del abrazo fuerte.
A veces funciona, pero otras no.

He probado ambas cosas.

El berrinche monumental es un momento que a muchos nos ha tocado vivir. Y, lo dicho, no es nada agradable. Es difícil mantener la calma, pero es necesario hacerlo.
No hay que preocuparse.


La última rabieta duró más de media hora. Llegamos a casa exhaustos los dos.
Se añadía el cansancio después de una mañana entera de juegos. Nos lo pasamos pipa los dos, pero llega el momento en el que hay que comer, descansar.
Booom, explosión nuclear.

Como estábamos a 10 minutos de casa decidí emprender el camino de la vuelta.
Camino que tardó más de media hora.
Me paraba para que se tranquilizara, pero mi hija puntaba directo a la calle, y no una calle cualquiera una Avenida animada de bólidos a no sé cuantos kilómetros por hora.
Tuve más de una vez que cogerla en brazos, mientras ella intentaba desvincularse, como una anguila y gritando.
En fin, una aventura.
Al final llegamos a casa.
Y descansó, descansamos. Creo que tengo un tímpano fastidiado :-))

Las familias que hemos adoptado podemos tender a buscar razones distintas a la evolución natural de los niños, no hay que agobiarse, si bien no estaría mal, como siempre, no bajovalorar algunas señales, sobre todo en cuanto a la frecuencia de las rabietas y si van asociadas a otros episodios preocupantes.

Es muy, muy importante que seamos capaces de comunicar tranquilidad y sosiego, ni gritos, ni amenazas, ni reacciones aparatosas. Y cuando es un no que se quede en no. Si bien, repito, hay que medir los noes con un metro lógico.
No No No No!!!! es otra rabieta, pero de adultos.
Sí Sí Sí Sí !!! Es dejarles hacer lo que les da la gana y es entonces cuando no se gana nada, ni la felicidad de nuestros hijos, ni la confianza en nuestras capacidad de dirección (y aguante) que son entre las mercancías del trato familiares que más necesitan.

Se puede leer sobre sobre el tema, al final de la entrada original hay algunos enlaces que pueden ser de interés.
Si tenéis más sugerencias os animo muchísimo a comentar esta entrada.

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